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Zarpando desde la Escuela Náutica Benicarló-Peñíscola nos adentramos en las aguas del Mediterráneo. Además de practicar la vela, en la provincia de Castellón el turista puede optar por practicar el buceo o el paddle surf.

Luciendo spi (spinnaker), con la Génova bien abierta y el capitán de la nave arribando u orzando, según el rumbo, el viento regala nudos al velero que zarpa desde la Escuela Náutica Benicarló-Peñíscola mientras la costa se sucede. El azahar, flor del naranjo y cultivo por excelencia de la provincia de Castellón, da nombre a la costa que baña localidades como Vinaroz, Benicarló, Peñíscola, Oropesa del Mar, Benicasim y Moncófar, además de parajes naturales protegidos como la Sierra de Irta, el humedal del Prat Cabanes-Torreblanca, el desierto de las Palmas y la Reserva Natural de las Islas Columbretes. La costa del Azahar.

Desde la cubierta de un velero el marino de fin de semana descubre otra Peñíscola. Con olas de por medio, los detalles característicos de un lugar de veraneo; hoteles en primera línea de una playa ocupada por sombrillas, tumbonas y otros cachivaches, tiendas de recuerdos, heladerías, restaurantes y supermercados se difuminan haciendo que despunte el casco antiguo de Peñíscola levantado sobre un peñón. El castillo-fortaleza que corona los 64 metros de altura del risco en el año 1411 se convirtió en morada y refugio de Don Pedro de Luna, Benedicto XIII, conocido como el Papa Luna.

La ciudad antigua de Peñiscola, declarada Conjunto Histórico-Artístico en 1972, está unida a tierra firme por un cordón de arena. A las culturas mediterráneas no se les escaparon las oportunidades que brindaba su privilegiada situación geográfica y se convirtió en un lugar de cruce de pueblos. El castillo templario que hoy orla el peñón se construyó entre los años 1294 y 1307 sobre los restos de una antigua alcazaba árabe. En cuanto al estilo discurre entre el románico y el gótico. Cuando el velero atraca en el puerto la tripulación tiene la oportunidad de pasear por las empinadas calles de piedra y disfrutar, además del castillo, del Parque de la Artillería, de la Iglesia de Nuestra Señora de la Ermitana, la Casa de las Conchas y otros rincones que esconde la muralla que protegió varios siglos atrás la vida intramuros.

Saliendo por el Portal de Sant Pere se accede a la lonja del Puerto Pesquero, junto a la Playa Sur. Aquí se ubica la Estación Náutica, la que permite al viajero disfrutar de la experiencia de una Peñíscola que vive de cara al mar. El novel primero debe bautizarse, familiarizarse con la botella, con el regulador, con el chaleco, con el traje y aprender a respirar bajo el agua. Los más duchos en la materia pueden sumergirse en las aguas que bañan el archipiélago de las islas Columbretes. Un Reserva Natural a 28 millas náuticas de Peñíscola desde hace más de veinte años.

En la inmersión el buzo puede ver meros, corvas, doradas, sargos, morenas, langostas, bogavanetes y otras especies marinas.  Una vez en la superficie, pero mar adentro (por lo menos con el agua por las rodillas), a resguardo del turisteo, se puede probar el sencillo, pero divertido deporte del paddle surf. La adrenalina no se dispara, pero el entorno motiva para remar y tratar de alcanzar el horizonte del Mare Nostrum.

Después de una exhausta jornada marina, las olas roban las energías del que las navega, las terrazas del Puerto Deportivo de Benicarló son un buen lugar para descansar. Capitanes y tripulantes, escondidos detrás de gafas de sol negras y con las cabezas vestidas con gorras, van y vienen por los pantalanes, atando y desatando cabos, mimando a sus naves por babor y estribor. Y es el que trabajo una vez atracado el velero después de la regata continúa. Al día siguiente toca navegar por la zona de costa libre de edificaciones catalogada como el Parque Natural de la Sierra de Irta.

Sentados en la bañera de la embarcación, los “polizones” tratan de no molestar durante las maniobras que realiza la tripulación siguiendo las órdenes que dicta el capitán desde la popa, mientras maneja el timón. Unas velas bien hinchadas son sinónimo de nudos y unas lanetas rectas y en paralelo muestran la dirección del viento. Un impredecible Eolo puede frenar en seco la navegación, dejar a la deriva el velero y sumir en el tedio a la tripulación. En ese momento el ruido del motor escondido del velero infunde ánimos y lo que antes se veía a muchas millas de distancia ahora se intuye a pocos minutos. Sin embargo, una nave que surca el agua del mar a motor no regala el encanto que tiene la navegación a vela. Con viento en popa a toda vela, como lo hacían los piratas (los románticos de los mares), Peñíscola susurra al viajero que vive de cara al mar.

fuente: http://www.zoomnews.es

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